Hace unos días, Somos Campo visitó la chacra de Gaspar Barberis, uno de los tanto productores agropecuarios de Chañar Ladeado que conserva en su memoria muy ricas historias. Momentos duros de trabajo sacrificado, satisfacciones y toda una vida en el campo.
En el marco de lo que fue el “Día del Agricultor”, le pedimos a nuestro entrevistado que nos hable de sus vivencias junto a esta profesión. Con momentos muy dificultosos en sus años de juventud a raíz de la escases de herramientas, sequías y fenómenos que estropearon las instalaciones.
“A pesar de todo se podía aguantar, no existían la rueda de gastos que tenemos ahora. La década del 70´fue brava al principio pero después fue mejorando, florecieron las industrias y se empezaron a comprar las herramientas esenciales como arado, rastras, rabastos”, explicó.
Uno de los trabajos específicos que desarrolló fue el laboreo de la tierra, no solo en su campo propio sino que ofreciendo el servicio a otros colonos. Según expresó era muy “arduo” porque el tiempo apremiaba y la única solución era sumar horas arriba del tractor.
“Menos horas de sueño y más horas de trabajo porque venían lluvias que anegaban todo y la situación se ponía brava. Siempre le encontramos la vuelta porque podíamos pensar con tranquilidad, ahora eso es más difícil”, analizó.
La organización familiar fue creciendo con el paso del tiempo, se fueron sumando los hijos y en base a eso fueron sumando acciones. Siempre realizaron agricultura y ganadería y la huerta para consumo propio.
“Me gusta todo lo que se hace, siempre pusimos el alma en cada trabajo aunque la hacienda es lo que más disfruto. Ordeñábamos vacas y vendíamos la leche junto a mi señora, luego la repartíamos en el pueblo y podíamos sustentar la familia”, señaló.
Finalmente, dejó un mensaje para toda la posteridad: “Hay que trabajar siempre porque ese es el mandato. Mientras uno lo hace con el corazón las cosas salen bien. Han pasado muchas nubes negras, pero alguna siempre deja agua”.
Nota Completa:
El sábado pasado, Somos Campo en la radio tuvo el placer de tener una comunicación en vivo con Marcos López Arriazu, Periodista Agropecuario, quien desde la “Expo Rural 2018” en Palermo, nos habló sobre las novedades de la muestra y recordó el conflicto de 2008 entre el Gobierno Kirchnerista y el Campo.
Nuestro prestigioso colega, se tomó un ratito de su tiempo para recordar aquella noche del voto “No positivo” de Julio Cobo: “Esa noche me tocó estar cubriéndolo en el congreso, sabíamos que venía para largo pero no tanto, nos sorprendió. Fue histórico por lo que estaba sucediendo, Cobos tenía la decisión tomada, cuando empezó a ver q estaba todo empatado, entró en la desesperación para no quedar en esa posición, tratando de que se resuelva antes”.
Sobre esto, Marcos añadió que 10 años después, las políticas del sector “cambiaron muchísimo”, ya que las retenciones tuvieron el límite porque no se volvieron a tocar, pero “comenzó un control sobe las actividades comerciales del agro” mucho más fuertes, sin dudas, medidas que afectaron como el “cepo al dólar y el tipo de cambio”, que perjudicaron mucho.
“El cambio más importante es que esos productores que estaban en la ruta, hoy son los que están tomando decisiones en el gobierno, como los casos de Buryaile, Etchevehere, sumados a los secretarios de las carteras, que brindaban aporte técnico a la mesa de enlace, creo que esa política propiamente dicha, hoy tiene espacio en el gobierno”, expresó el Periodista.
Por su parte, recordó que hace un tiempo, Funcionarios ruralistas le contaban anécdotas que les ocurrían en los “piquetes”, donde paraban para saludar y sufrían “interpelaciones y cuestionamientos muy duros”, por parte de productores que estaban en las rutas, en su mayoría autoconvocados.
“Alguien dijo muy acertado, Si no hubiera estado la mesa de enlace esto hubiera sido un desmadre. Yo creo que la mesa de enlace sirvió de contención para canalizar una bronca que podría haber terminado en hechos trágicos, que por suerte no existieron”, señaló.
Finalmente, analizó que “La grieta” comenzó luego de este hecho, puesto que antes, el gobierno dejaba que Grupo Clarín se consolide y con la “Resolución 125” cambia el eje y el medio lo empieza a criticar. Kirchner lo toma como agresión y surge el tema de la ley de medios, 678 y se gesta “el relato”, mucho más fuerte de lo que era en ese momento.
En Vivo desde Expo rural 2018
Algo que destaca a López Arriazu como profesional y como persona, además de su capacidad es la humildad. En esta conversación, Nos brindó un rato de su tiempo para ser una especie de “cronista” de Somos Campo, al brindar un pantallazo general de “Expo Rural 2018”.
“Es una muestra similar a la del año pasado, en un momento que sabemos que es difícil para las empresas, siguieron apostando. Si bien hay algunas menos, otras tienen stands más grandes y lo que respecta a los animales, hay a la cantidad similar del año pasado”, señaló.
Así mismo, remarcó que Los empresarios de maquinarias “dudan de cómo vender” con el financiamiento que hay, ya que se financian de manera propia, haciéndose cargo de las tazas, por debajo de las del mercado. Sin dudas una apuesta, como hacer una rebaja, financiando la máquina.
“Hay temas de créditos en dólares a tasa cero. Es muy interesante para el productor agrícola, para un tambero o ganadero, que su producto funciona en el mercado interno, se hace mucho más complicado”, destacó.
Finalmente, remarcó que la ganadería “En todas las razas” está muy fuerte y que no se explica cuál es el límite para la mejora de la genética, porque están muy bien trabajados. Sumado a esto, expresó que “no es una coyuntura fácil para el ganadero”, pero siguen apostando muy fuerte.
Nota Completa:
El agotamiento general y los diferentes problemas económicos que comenzaba a abordar el Gobierno Argentino después del 50´, llevaron al Presidente Perón a cambiar algunas ideas apuntadas a la mejora de la situación, entre lo más relevante; La atracción del capital extranjero.
En 1952 el Gobierno Peronista llevó adelante el 2do Plan Quinquenal con el objetivo de “Poner en Orden” las bases productivas de la economía. La urgencia era ahora avanzar a un estadio de superior de la industrialización.
La principal complicación de este sistema fue el problema que venía acarreando el peronismo. La inversión pública disminuyó entre 1948 y 1955 en un 35% y los argentinos sufrieron las consecuencias en materia energética, ya que no alcanzaba a satisfacerse la creciente demanda debido a la expansión industrial.
En marzo de 1954 se producía la renegociación de salarios, algunos gremios organizaban huelgas para dar más entidad a sus reclamos. El Presidente Perón tenía en claro que para mantener una economía dinámica debía incentivar la producción y la inversión; Había que ingeniárselas para producir más.
La inversión de origen interno, era insuficiente para aumentar sensiblemente la productividad y para reducir el peso de ciertas importaciones en la balanza de pagos. El Gobierno nacional decidió recurrir a la inversión extranjera.
Para superar los problemas en la balanza de pagos, no había otro remedio que invertir en algunos sectores industriales y en el área petrolera, lo mismo que en equipos que incrementaran la productividad agrícola, con lo que se conseguiría un aumento de saldos exportables.
La fabricación local de tractores por parte de empresas extranjeras fue un primer avance. El Poder Ejecutivo aprobó la instalación de cuatro fábricas (Fiat, Deuz, Fahr y Hanomag), con el compromiso de que las mismas producirían 13.200 unidades al año.
El Gobierno Nacional había tomado una actitud hacia el capital extranjero, siendo entre todas la más innovadora la política petrolera. Luego vendrían conflictos y más signos de debilidad y los diferentes sucesos, como el “Bombardeo a Plaza de Mayo” y demás estallidos, llevarían a Perón a renunciar y el país volvería a cambiar de mando.
Hoy se cumplen 35 años de la Guerra de Malvinas y desde Somos Campo queremos recordar y rendirle homenaje a todos aquellos que defendieron el territorio nacional con el alma. Héctor Sergio Urbieta, uno de los héroes que luchó en el archipiélago, nos brinda su tiempo para contarnos su historia.
El soldado Urbieta cumplía con el servicio militar a su corta edad de 18 años, la mañana del 2 de abril le tocó estar de guardia; de repente comenzó a oír bombas, caravanas y festejos; Argentina había recuperado las Islas Malvinas del Atlántico Sur.
“Yo también fui uno de los argentinos que se alegró del suceso; victoreaba sobre lo que estaba pasando, sin imaginarme que en unos días iba a estar en una guerra, ese fue mi comienzo antes de ir para las islas”, relata Héctor.
Después de haber tomado el archipiélago, nos cuenta que su batallón se alistó con todo el material bélico para cubrir la frontera con Chile, específicamente en Río Turbio, entre los días 14 y 15 de abril. Cargaron todo el material pesado en el tren y viajaron hacia Paraná.
“De la ciudad entrerriana subimos a un avión que nos llevó a Comodoro Rivadavia, ahí nos alojamos en un batallón, esperando al tren que tenía todo el material pesado, tanques, camiones, municiones y cañones, cuando llegó todo eso empezamos a viajar hacia el sur”, comenta detenidamente.
Con respecto al viaje hacia la proximidad del conflicto, el por entonces soldado explica que todo el avance que realizaban se hacía de noche. Al amanecer, tiraban todo a la banquina y lo “camuflaban”, para que los satélites no detectaran el movimiento.
Los días continuaban y restaban sólo horas para llegar a Malvinas: “Una noche estando en puerto San Julián, recibimos la noticia de volvernos a Puerto Deseado, allí cargamos en un buque todo el material bélico y nos dirigimos a Comodoro. El domingo 25 de abril, en el aeropuerto nos suben al avión y nos llevan a Malvinas, nuestra compañía de 190 hombres se dividió en sectores diferentes de las islas”.
Una vez en suelo malvinense, Héctor nos dice que su grupo no deberían haber entrado en combate ya que la misión que le designaron era apoyo logístico, pero tuvieron que hacerlo, así fueron transcurriendo los días y conviviendo con la realidad.
“Despertamos y nos dimos cuenta de lo que realmente estábamos cuando cayó la primera bomba el 1 de mayo. La onda expansiva nos sacó de la carpa, los ingleses empezaron a atacar; allí empezamos a ver nuestros primeros muertos y heridos”, relata nuestro ex combatiente.
A lo largo del conflicto tuvieron una gran cantidad de dificultades, entre las más importante es la falta de comida. Comenzaron a sufrir hambre, sumado a que él y muchos camaradas provenían de Corrientes, una tierra donde nunca hubo temperaturas demasiado bajas y pasaron de golpe a estar permanentemente mojados, con 10º bajo cero y más.
Acercándonos al final de la gesta, Héctor narra: “Cuando caemos prisioneros el trato te puedo asegurar que fue el mejor, los ingleses son unos señores, manejan códigos, nosotros fuimos bien tratados y la mayoría de los veteranos te van a decir lo mismo, quizás el maltrato fue de nuestros superiores. Luego el veterano de guerra se ha sentido ignorados por la sociedad, por el olvido”.
Añadiendo a las palabras mencionadas, Urbieta expresa que sintieron que fueron metidos al continente por la puerta de atrás, escondidos y hasta el día de hoy, a 35 años de la gesta, no han tenido un recibimiento especial , donde se convoquen a todos los veteranos en punto del país para realizar un gran desfile.
“Yo el 2 de abril tengo un acto y es porque desde la comuna pensaron en que debe realizarse, en otro lugar donde no se mueve una institución municipal, los veteranos organizan su vigilia y su acto. Me siento dolido porque no hay de parte de la nación algo grande para reunir a todos, cada uno lo concreta en su lugar donde hace su pequeño homenaje”, nos explica con un tono de amargura.
Sumado a esto, este verdadero valiente comenta que son más de 600 colegas que se han suicidado porque no aguantaron este olvido, a pesar de que hoy como veterano de guerra se siente siento más mimado y reconocido por la sociedad, pero para que eso suceda transcurrió mucho tiempo.
Finalmente y en un tono de emoción, nuestro héroe expresa sus sentimientos: “Las Islas Malvinas para un veterano es todo; vivo por ellas, vivo orgulloso, soy un bendecido por dios y la patria por haber sido elegido para defenderlas y luchar por ellas, hasta el día que yo me vaya de esta tierra voy a seguir hablando de ellas”.
Y como reflexión final, Héctor Urbieta remarca que la gente debe saber que cada veterano está para transmitirle a la sociedad que fue lo que paso, que pasará 30 años y de ahí en mas no habrá más protagonistas para contar la esa historia personalmente.
Somos Campo le rinde tributo a todos los dieron su vida por la patria, a los que quedaron y a los que volvieron; hoy en especial, a este Héroe Nacional ejemplo, que piensa en las futuras generaciones y se brinda a ellas con todo gusto.
El grado de Sustitución de Importaciones que alcanzó Argentina hacia 1950, se contará entre los mayores del mundo semiindustrializado, exceptuando a los países socialistas. Mientras que en 1929 se importaba el 45% de las manufacturas consumidas o invertidas, veinte años después era tan sólo el 15%.
Si bien la tasa de crecimiento de las distintas ramas industriales fue despareja, ello no fue el resultado de las políticas, que intentaron favorecer al sector en su conjunto. Muchas de las industrias nacientes no alcanzaban una cierta escala mínima a partir de la cual pudieran trabajar con un aceptable grado de eficiencia; el resultado fue una producción manufacturera de alto costo y con pocas posibilidades de exportación.
El proceso de expansión manufacturera también estuvo complicado por un mercado de trabajo distinto del de otros países que encararon la industrialización postguerra. Gran disponibilidad de trabajadores con salarios bajos, hasta entonces dedicados a las actividades rurales de baja productividad.
En nuestro país la cosa era distinta; La agricultura y la ganadería eran esencialmente modernas y por lo tanto tenían productividad y salarios comparativamente buenos. Era inevitable que la expansión de demanda por trabajadores se reflejara pronto en aumentos de sueldos, ya que no había en el campo un numeroso “grupo de reservas” capaz de proveer indefinidamente las necesidades de mano de obra de la industria.
Después de dos años de un superávit comercial provocado por el plan de estabilización y por la gran cosecha 1952/53, en 1955 reapareció el déficit comercial, ya que las importaciones comenzaron a recuperarse del deprimido nivel que tuvieron en 1953/54. El crecimiento del producto volvía a traducirse en aumentos de la demanda por importaciones y consecuentes temores por la balanza de pagos.
La recuperación de la demanda por productos industriales locales se traducía en mayores necesidades de insumos, de los cuales una buena parte era importada. La situación estaba agravada por el comportamiento de las exportaciones.
Parte de esa debilidad exportadora se debía a las políticas internas, pero también influían en las condiciones internacionales, mucho más adversas al comercio. Además de bajos, los valores exportados eran volátiles, determinados por precios mundiales y factores climáticos; La Argentina compartía vicisitudes con otras economías “medianas”.
La escasez de divisas para exportar, hizo que muchos se lamentaran por el uso que se había hecho de reservas acumuladas durante la guerra. Los dos o tres años posteriores a la misma fueron una época de “oportunidades perdidas”, ya que podía haberse encarado con decisión la capitalización del país en cierta industrias, lo que habría permitido la provisión local de bienes de capital e insumos que de otro modo debían importarse.
Los pronósticos para el año 1952 eran desalentadores; La desastrosa cosecha obligó a consumir pan negro de calidad inferior, elaborado con centeno y mijo. Además se restringieron nuevamente las importaciones, con el consabido efecto sobre la producción industrial.
El gobierno peronista desarrolló un “Plan Económico” apuntaba directamente a detener la inflación. El mensaje era moderar el desenfrenado consumo de los primeros años, para descomprimir la situación del comercio exterior; La crisis era palpable para todos.
La retracción fiscal se combinó con una política monetaria mucho más restrictiva que hasta entonces. La tasa de crecimiento de la cantidad de dinero descendió abruptamente, la inflación había pasado a ser una preocupación gubernamental de primer orden.
Se creó una Comisión Nacional de Precios y Salarios. Hubo medidas que apuntaron al aumento de las exportaciones; La faena de animales se restringió como manera de reducir la inestabilidad de la exportación vacuna.
Después de años de ser perjudicados por las políticas del IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio), los productores agropecuarios comenzaron a recibir precios algo más favorables, como así también cambió la actitud hacia el capital extranjero.
La liberal política de crédito para la industria fue moderada en nombre de la estabilidad monetaria; el virtual impuesto a las exportaciones agropecuarias que estaba implícito en las políticas del IAPI, fue reemplazado por una deliberada política de aliento al sector rural.
La política de estímulo a las exportaciones agropecuarias descansó solamente en los subsidios del IAPI y no en una devaluación. De esta manera se lograban “precios remunerativos” para el campo y además el gobierno pasó a tener en cuenta al sector agropecuario en la asignación de créditos.
Uno de los pasos fundamentales del peronismo para revertir la oposición rural fue la firma de sucesivos protocolos con Inglaterra, que establecía condiciones de comercialización para las carnes argentinas, solucionando el conflicto generado años atrás por términos impuestos por el IAPI al poco tiempo de su creación.
Hubo intentos más o menos viables para bajar los costos de producción y aumentar la productividad agropecuaria argentina; Se fomentó la investigación, innovación en modos de producción, mejoras en la sanidad y un importante incremento en la venta de maquinarias.
Sin dudas, los mandatarios se dieron cuenta que para salir de la crisis debían devolverle el lugar importante al sector agropecuario, del que nunca debió haber salido.
Hacia fines de la década del 40´, dominaba la sensación de que lo económico se encontraba sumamente encaminado, mientras que puertas adentro, Perón se ocupaba de realizar una reforma que le permitiera ser reelecto en 1952.
Ésa misma reforma, criticada por la oposición a tal punto de que algunos partidos no se presentaron a los sufragios, le permitió ganar cómodamente las elecciones, precisamente el punto más significativo fue el artículo 40, el cual consagraba la monopolización del comercio exterior por parte del estado, declarando propiedad del estado los servicios públicos y las fuentes de energía.
Muchos diarios fueron adquiridos por el gobierno y las emisoras radiales fueron estatizadas en casi su totalidad. La victoria peronista fue tan fácil como las elecciones constituyentes ante la UCR, quienes corrieron con la importante desventaja de no poder acceder a los medios de comunicación.
La intensa expansión del producto y del gasto durante ese periodo había sido fomentada desde el gobierno, aprovechando circunstancias excepcionales. La particular situación mundial de la posguerra, caracterizada por la demanda de alimentos, colocó a los términos de intercambia externos a la Argentina en lo que sería el punto más alto del siglo.
Los límites a las importaciones y la expansión monetaria y crediticia especialmente dirigida, habían estimulado un veloz crecimiento de la industria, que en sus ramas livianas ya abastecía en gran parte el consumo nacional.
Hubo una causa determinante que derivaría en la crisis del sector. La campaña agropecuaria de 1949/50 estuvo signada por una fuerte sequía, que fue un anuncio de la que con mayor rigor azotaría al campo argentino en la campaña siguiente de 1950/51.
Nuestro país exportó en 1949 por un valor de 933 millones de dólares, contra 1600 del año anterior. Esa drástica reducción en las divisas disponibles, combinada con el aumento de los precios de los artículos que el país obtenía del exterior, obligó a comprimir aún más las importaciones, ya bastante restringidas.
El aumento de la inflación, fue acompañado por un ajuste en los tipos de cambios de alrededor del 33%, que sumó la devaluación de la libra esterlina respecto del dólar. El nuevo gabinete económico no veía a la inflación como un peligro incontrolable; Eliminó la cláusula que obligaba al Banco Central a respaldar reservas internacionales por menos del 25% de base monetaria; Para algunos peronistas, la inflación era un mal necesario.
El salario real aumentó levemente y los precios agropecuarios recibieron un inesperado impulso, así y todo el gobierno peronista tuvo que tomar un préstamo exterior por 125 millones de dólares; esto incentivó el endeudamiento privado con el exterior.
En 1951 el panorama volvió a empeorar, la inflación superó la tasa de aumento salarial, mientras que una terrible sequía reducía la cosecha de los principales cultivos a la mitad. El modesto superávit de 1950, se convertía en un cuantioso déficit de 1951.
La reaparición de huelgas a partir de esos años, contribuyó a difundir la sensación de que una era de rápido progreso popular estaba concluyendo. Comenzaron conflictos entre trabajadores y empresarios; el deterioro de la economía estaba jugando un papel importante.
La posición Argentina al finalizar la 2da Guerra Mundial no era cómoda. El problema era el excesivo superávit, no se trataba de un fenómeno derivado de una gran performance exportadora, sino de las dificultades para conseguir importaciones.
En un mundo de controles cambiarios, el comercio se había vuelto bilateral, poco más que un trueque: las compras y ventas debían equilibrarse no ya con el conjunto de los socios comerciales, sino con cada uno tomado individualmente.
En los primeros años, el precio promedio de las exportaciones creció un 28% (entre 1945 y 1948), mientras que las compras al exterior se normalizaban después del período bélico, además de aumentar su precio alrededor de 30%.
El Comercio exterior argentino recuperó así parte de su vigor de preguerra, pero las variaciones en los precios no podían esconder un hecho decepcionante: el valor exportado en 1946 era menor al de 1935.
La tendencia descendente de las exportaciones argentinas era en parte el resultado de condiciones externas menos favorables que las vigentes antes de la crisis del 30´. La reducción del coeficiente de importaciones británico, impedía colocar demasiadas exportaciones en ese mercado.
En la mediocre evolución exportadora de nuestro país las políticas internas (no estimularon la producción rural pero sí el consumo) fueron determinantes. El diseño de estas, influyó en el escepticismo del gobierno respecto a la posibilidad de una recuperación del comercio mundial.
Las importaciones se recuperaron rápidamente de su deprimido nivel durante la guerra, empujadas por la fuerte demanda interna. El aumento de la demanda por bienes de consumo era satisfecho con producción doméstica, pero ésta necesitaba cada vez más insumos y bienes de capital. Estos rubros pasaron a representar alrededor del 90% de las importaciones totales.
El desequilibrio exterior de 1949 coincidiría con la aparición de otro de los temas llamados a dominar el debate económico de las décadas siguientes; La inflación de precios
Tal como lo explicó Osvaldo Barsky en una nota a Clarín, un economista experto en la historia del agro argentino y además investigador de la conicet, en 1945 había habido una gran caída de la producción agrícola, sobre todo de maíz y cereales, que tenía explicación en cuestiones internacionales -el corte de exportaciones por la guerra entre el 39 y el 46- y en políticas nacionales”,
Según el especialista, en esas décadas se transformó la estructura agraria, lo cual generó un enorme retroceso tecnológico en el agro. Los principales productos eran maíz, trigo, lino… carne. El área agrícola rondaría las 18-20 millones de hectáreas, que más tarde, cuando vino la expansión, llegó a 30 millones de hectáreas. La producción llegó a ser bajísima.
Eran tiempos de profundos cambios en la política nacional, marcado por las fisuras y diferencias entre el sector militar. El 4 de Junio de 1946, Juan Domingo Perón asume la presidencia de la nación, luego de que fuera depuesto Ramón Castillo.
En el último cuarto del siglo XIX, la economía argentina se había consagrado a la producción agropecuaria destinada en su mayoría a los mercados externos. La marcada inestabilidad de la economía se debía bastante a la brusquedad de las fluctuaciones en los precios de los productos rurales, Perón tuvo la suerte de asumir la presidencia con los términos de intercambio más altos de todo el siglo.
La situación social en el país era bastante compleja y el sector sindical había sufrido divisiones. Por un lado, la CGT nº 1 agrupaba a los gremios menos politizados; la CGT nº 2 estaba compuesta por comunistas y socialistas, aunque sería disuelta en agosto de ese año.
La estrategia gubernamental fue crear una Secretaría de Trabajo y Previsión. Para las organizaciones obreras, la repentina generosidad oficial era un hecho inusitado y sorpresivo, instalándose la participación política de los sindicatos, que había sido motivo de conflictos en las décadas anteriores.
Recién terminada la 2da Guerra Mundial, no era fácil imaginar que sobrevendría una nueva era de expansión sostenida del comercio mundial. La esperanza de retornar a un sistema de comercio y de pagos multilaterales se basaba en el supuesto de que el intercambio comercial sería relativamente equilibrado.
Durante el Gobierno de Perón, la influencia del gobierno sobre los precios agrícolas se intensificó, pero con signo cambiado. El Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio (IAPI), monopolizó desde principios del 46´ la comercialización de los cereales y oleaginosas; Entre 1946 y 1949, compró las cosechas a los agricultores para venderlas internamente y en el exterior, obteniendo un margen muy amplio gracias a los favorables términos de intercambio externos.
La agricultura era más golpeada que la ganadería por el encarecimiento de la mano de obra, sufrió especialmente con el cambio en las reglas de la propiedad rural. El sistema de arrendamiento entró en crisis; Se le dio al arrendatario el derecho de renovar su contrato a los mismos valores que el período anterior, perjudicando al dueño de la tierra por la erosión inflacionaria.
La sujeción de la importación de la maquinaria agrícola al tipo de cambio no preferencial completaba la batería de políticas adversas al sector rural. La drástica caída del área sembrada con los cultivos más importantes fue una de las consecuencias de esas políticas.
Se produjo una intensa sustitución de cultivos en la Pampa Húmeda; creció la importancia de las semillas nuevas como el girasol, el maní y la cebada. La caída de la producción de Maíz, Trigo, Lino y Avena de un 39%, fue parcialmente compensada por el aumento de las nuevas variedades.
La paulatina normalización de las importaciones de bienes de capital ayudó a que la caída no fuera mayor. La producción pecuaria avanzó sobre tierras antes dedicadas a la agricultura, reasignación que ya había ocurrido, a veces en sentido inverso en otras épocas.
Dentro del esquema económico peronista, el campo tenía el importantísimo rol de proveer las divisas necesarias para la importación de insumos y maquinarias que la industria local aún no producía.
La influencia de la Segunda Guerra Mundial sobre Argentina no se limitó a la volátil superficie política. La economía sintió el cambio más profundo, tal como había sucedido con los dos grandes golpes internacionales anteriores: Primer Guerra Mundial y Crisis del 30´.
El impacto fundamental de este segundo gran conflicto estuvo ligado, otra vez, a las mayores dificultades para el comercio internacional. Si la ola proteccionista de los años 30´ya hacía imposible el retorno de las condiciones anteriores a la crisis, esta guerra agravaba todavía más la situación.
El Plan de Acción Económica propuesto por el Ministro Federico Pinedo en 1940 intentó minimizar el perjuicio a la economía nacional; Proponía la extensión de crédito industrial, vivienda y la intervención del estado para sostener precios de productos exportables. Este planteo fracasó por cuestiones políticas.
La expansión de la Producción Argentina, provino sobre todo de la industria. Muchas actividades manufactureras lograron intensificar la sustitución de importaciones que no lograban llegar a causa de la guerra.
El desarrollo industrial fue común en toda América, ya que esta tendencia contó con el apoyo técnico de Estados Unidos a través de la Comisión de Desarrollo Interamericano, alentada por el Presidente Roosevelt para asegurarse la provisión de productos desde América Latina.
La agricultura se había estancado en años de la guerra, y la escasez de materias primas y bienes de capital en la industria estaba impidiendo la satisfacción de la demanda por productos industriales.
Entre 1940 y 1943 la política de redescuentos del Banco Central favoreció a la industria más que a la agricultura y al comercio. Se dictaron alrededor de 15 leyes de promoción industrial, se creó la Flota Mercante del estado y se sancionó la Ley de Fabricaciones Militares.
Para moderar la expansión de los primeros años de la guerra, en 1943 el campo fue gravado con impuestos al “excedente de beneficios”, que se cobraba en proporción a la diferencia entre el precio vigente para los productos de exportación y un precio promedio del pasado.
Las Fuerzas Armadas, como gran actor político del momento, aplicaron dos grandes consignas nacionalistas que estaban en el corazón del pensamiento Pro Industrial: “Liberación Económica” y “Autonomía Nacional”. Con esto, algunos militares se basaban en que la esta coincidencia industrial-nacional, se limitaba a la fabricación de material bélico.
La diversificación productiva del país era una manera efectiva de reducir su vulnerabilidad exterior, por ello, las Fuerzas Armadas lanzaron un programa de crédito industrial para sustituir importaciones en general. Se optaba además por una industrialización cerrada, al darse prioridad crediticia a los productos destinados al mercado interno.
El fin de la Guerra, significaba también el cese de las Actividades expandidas gracias a ella, lo que provocó una caída del empleo industrial. Los migrantes que partían del campo a la ciudad para sumar brazos a las fábricas, dispuestos a satisfacer sus demandas.
La industria argentina hizo progresos considerables durante los años de la “Gran Guerra”, pero cuando cesaron las hostilidades se produjo un severo retroceso al entrar al país nuevamente la producción extranjera.
La elaboración nacional declinó, muchas fábricas entraron en liquidación y la industria pudo hacer pocos progresos en los años 20´, pero las crisis de los 30´ creó nuevas condiciones: La depreciación del peso y las nuevas tarifas trajeron un renacimiento industrial que encontró luego protección en el control de cambios.
El derrumbe del comercio exterior fue el principal responsable del desarrollo industrial en la década de 1930. Las políticas del gobierno, especialmente el control de cambios, garantizaron que la crisis de las exportaciones se tradujera en una caída no mejor de las importaciones. Esto generó una “industrialización por sustitución de importaciones”.
El sistema discriminatorio de cambios y los privilegios arancelarios para productos británicos, favorecieron especialmente a la producción de artículos que competían con los norteamericanos, ya que las importaciones de ese origen resultaron particularmente castigadas. Muchas empresas estadounidenses saltaron barreras y se instalaron directamente en Argentina.
No faltaron casos de productos manufacturados que llegaron a venderse en el exterior, sobre todo en la Segunda Guerra Mundial, ya que varios países de América Latina recurrieron a nuestro país para reemplazar a sus proveedores habituales, ocupados en la producción bélica.
Sin llegar a quebrar el predominio agropecuario, la contribución de las manufacturas a la exportación argentina mostró que algunas actividades podían transformarse en competitivas internacionalmente.
El crecimiento industrial fue causa y consecuencia de un acentuado proceso de urbanización. La crisis del sector agropecuario expulsó a trabajadores rurales a las ciudades, donde el componente extranjero de la fuerza laboral fue decreciendo paulatinamente.
Tanto la política arancelaria como la de cambios fueron favorables a la industria nacional, por ello, desde el gobierno no se buscó alterar la tradicional estructura agraria del país. La Argentina hizo todo lo que pudo para parecerse al país agroexportador de otras épocas.
El principal problema era la “crisis del comercio exterior”, razón por la cual se temía una nueva Depresión, ya que grandes excedentes de productos invendibles significaban intenso malestar en la campaña, crisis industrial, desocupación y postración general de todas las actividades del país.
Los mandatarios elaboraron un plan que apuntaba a la profundización de medidas a corto plazo con mayor restricción de importaciones y la ejecución de un vasto programa de construcciones populares, lo que se proponía como forma de alentar la ocupación.
Se esperaba que el poder de compra generado por estas medidas de apoyo a la construcción lograría “mantener y desarrollar la demanda de artículos industriales”, disponiendo además de mecanismos para asegurar facilidades de financiación para las inversiones fijas y adquisición de equipos.
La corporación para la promoción del intercambio, una de las pocas propuestas del plan que a pesar del rechazo del parlamento se puso en práctica, favoreció la exportación de artículos nuevos, a través de incentivos cambiarios.
Durante la guerra, Argentina pudo mantener sus mercados tradicionales de exportación, aunque cobrando sus ventas a Inglaterra en libras “bloqueadas”. Incluso pudo profundizarse la presencia de nuestro país en ciertos mercados, como en Estados Unidos y demás países donde el repliegue de productos norteamericanos, dejaba espacio a los de otro origen.
La situación de nuestro país, a finales del año 1933 comenzaría a reactivarse. Luego de una serie de medidas del nuevo gabinete económico con Federico Pinedo a la cabeza, entre ellas la Creación de la Junta Nacional de Granos y la apuesta fuerte a la producción.
Si bien ya había algunos signos de recuperación de la actividad económica, campeaba el desánimo general. El Gabinete económico utilizó lo que se desprendía del acuerdo Roca-Runciman, para pagar deudas y calmar la crisis; Era necesario rediseñar el sistema de control de cambios.
Se devaluó el peso, haciendo que los precios apenas retrocedan con respecto al mercado mundial y simultáneamente, el mercado cambiario se desdobló a un oficial y otro libre. La Oferta de divisas en el mercado oficial provenía de las exportaciones tradicionales de nuestro país.
Del mercado libre participaban las exportaciones no tradicionales y a países limítrofes e inversiones extranjeras, las importaciones sin permisos previos y los pagos no autorizados en el oficial. La moneda extranjera era más barata en el segmento controlado del mercado de cambios.
Se estableció una Junta Nacional de Granos que comprarían los cereales a un precio superior al de mercado y los vendería “cuando las condiciones se presenten favorables”. Las pérdidas que arrojaran esas operaciones serían cubiertas con el margen de cambios. Con esto, el Gobierno pudo pagar parte de la deuda externa y constituir un fondo de reserva en el exterior.
El gobierno enfrentó la crisis con medidas de apoyo a la producción pero tuvo que profundizar políticas impositivas y de reducción de gastos en otros sectores, como por ejemplo simplificar los procedimientos administrativos y eliminar organismos superfluos, ahorrándole al estado 25 millones de pesos.
Las entradas y salidas esporádicas de Argentina al patrón oro había impedido la institucionalización de un régimen monetario ordenado durante los períodos de convertibilidad. No había una legislación clara a la que atenerse.
La nueva salida a esto realizar un análisis y proponer fundamentos de una reforma, por ello se invitó al especialista británico Otto Niemeter. Su proyecto contemplaba la creación de un banco que emitiera los billetes, regulara el crédito y las reservas bancarias.
Pinedo envió en 1933 al Congreso una serie de leyes por las que se creaba el Banco Central de la República Argentina. En marzo de 1935 el Congreso Nacional sancionó finalmente la ley de creación de esta entidad, la ley de bancos y otras normas que completaban la revolucionaria renovación financiera.
Se puso en marcha una política de “esterilización”, por la cual el impacto monetario del superávit en los pagos con el extranjero se moderaba. El Banco Central vendía bonos del Gobierno a los bancos quitándoles así parte del efectivo que había resultado de la entada de divisas.
La recuperación de 1934-1937 se detuvo con el advenimiento de una nueva recesión mundial. A la crisis en Estados Unidos se sumaron cosechas pobres y una nueva baja en los precios. Las exportaciones locales cayeron una vez más y el peso comenzó a depreciarse en el mercado libre.
Las esperanzas de recuperación cedieron paso a nuevas preocupaciones cuando se hizo evidente que Europa marchaba hacia la guerra. Pero la política económica argentina estaba en mejor posición que en 1930 para enfrentar otro impacto externo. Los diez años anteriores habían servido para comprender qué reacciones eran las mejores ante una crisis originada fronteras afuera.
Eran tiempos complicados, donde los países “Socios” buscaban alternativas para salir de los años de depresión generados por la crisis del 29´, generando acuerdos que les permitan recuperar sus sectores más fuertes.
Las dificultades que los productos argentinos encontraron en sus mercados de exportación, generadas por la caída de la demanda mundial, se vieron severamente agravadas por la escalada “proteccionista” en Europa y Estados Unidos. La consecuente escasez de divisas requería una restricción significativa a las importaciones, que parcialmente se logró con el control de cambios del año 1931.
En un mundo donde los desequilibrios de las balanzas de pagos eran mirados con preocupación, la forma en que la Argentina decidiera reducir sus importaciones no era indiferente para aquellos países que eran proveedores en el mercado nacional.
Inglaterra, socio comercial desde hacía décadas, era más importante como comprador de productos argentinos que como vendedor en la Argentina de las manufacturas. La balanza comercial con ese país tenía un saldo positivo, en cambio con Estados Unidos, la situación era inversa.
Siendo un país cuyo sector rural era importante, resultaba más difícil la colocación de productos primarios argentinos en Norteamérica, sobre todo después de que se resistiera allí la importación de carnes con la excusa del control sanitario.
Cuando nuestro país se vio obligado a contener las importaciones, los exportadores ingleses tenían razones para temer que sus ventas se redujeran aún más. Las autoridades británicas no podían aceptar que un país con quien tenían un déficit comercial de alguna magnitud, empeorara la situación limitando las importaciones desde Inglaterra.
El interés británico por recuperar sus ventas en Argentina coincidía con las pretensiones de algunos sectores locales. Los exportadores de carne, se verían beneficiados con un acercamiento a Inglaterra que permitiera compensar las caídas de las ventas externas que la crisis había provocado.
El deseo inglés de reforzar sus lazos con nuestra nación se había manifestado en 1929 con el acuerdo entre Lord D´Abernon y el Gobierno de Yrigoyen, pero que sería rechazado por el congreso. Esto sentó un precedente que sería uno de los acuerdos internacionales más polémicos de la historia argentina: el pacto Roca-Runciman.
El acuerdo firmado mayo de 1933, constaba en que Argentina concedía las rebajas arancelarias requeridas por Inglaterra y garantizaba que, cualquiera fuera la forma que asumiera el control de cambio en el país, era segura la prioridad inglesa para todas las libras obtenidas de la venta de productos argentinos en Gran Bretaña. Había además, promesas mutuas de ”trato benévolo” a las mercancías del otro país.
El pacto Roca-Runciman se ganó la oposición de una buena parte de la opinión pública argentina, sobre todo de los sectores más nacionalistas. Dominó una sensación general de rechazo y clima “antiimperialista”, que recrudeció con el recordado debate de las carnes en la Cámara de Diputados, que descubrió maniobras fraudulentas de los frigoríficos ingleses, siendo Lisandro De La Torre, uno de los actores principales del desenmascaramiento.
Las autoridades nacionales fueron algo débiles en las negociaciones y más aún a la hora de aplicar las cláusulas del tratado. Las concesiones a Gran Bretaña se cumplieron más que las concesiones británicas a los intereses argentinos.
La Argentina que había sido construida para ser el “granero del mundo”, poco a poco dejaba paso a un país en el que las chimeneas de las fábricas, más que los cereales y el ferrocarril, eran los símbolos de modernidad.
Los sesgos provocados por el oscuro sistema electoral, permitían a los beneficiarios de aquella vieja nación abstraerse hasta cierto punto de las nuevas circunstancias. Poco a poco, el cambio de coyuntura se iría reflejando en las políticas económicas, en un camino que luego sería imposible de desandar.
La caída de la bolsa norteamericana trajo problemas graves en todo el mundo. Después de los años "Dulces" que dejó la postguerra, la economía mundial comenzó a complicarse y se mantendría en una situación difícil durante varios años. Nuestro país sentiría fuertemente estos coletazos.
La propensión argentina a consumir mucho y ahorrar poco durante las épocas de bonanza y optimismo también se notó en el Estado. La práctica de gastar por encima de los ingresos positivos no había sido infrecuente en el pasado; Una tendencia al “Desahorro”.
La interrupción de la corriente de capital británico a la Argentina desde 1914 fue la consecuencia más perjudicial de la guerra para la economía nacional. La posibilidad de seguir financiando el crecimiento argentino con préstamos e inversiones inglesas estaba descartada.
Las desfavorables circunstancias externas que imperaron desde 1929 y el desorden administrativo del gobierno de turno, comprometieron seriamente las cuentas del estado argentino.
El progresivo deterioro de la situación presupuestaria del país se potenciaría intensamente con “La Gran Depresión” de 1930. La caída de la Bolsa de valores de Estados Unidos fue la más desbastadora a nivel global, dejando una larga duración de secuelas para todo el mundo.
Si bien en un principio se pensó que se trataba de una nueva recesión, como la que había ocurrido en 1929, el lento transcurso de años sin perspectivas de recuperación hizo evidente que había algo más que un nuevo “valle” en el ciclo económico mundial.
Argentina había asumido el papel de “Exportador de Alimentos” e “Importador de Manufacturas” en el sistema de división internacional del trabajo, que giraba alrededor de Gran Bretaña.
Las exportaciones eran fundamentales no sólo para mantener altos niveles de empleo y actividad sino además, para poder exportar aquellos bienes que el país no producía. La Gran Depresión afectó severamente las posibilidades de importación y los precios de los productos de exportación argentinos cayeron alrededor de un 42%.
La mejora en los métodos de producción agrícola y ganadera, a través de nuevos conocimientos genéticos, la utilización de bonos y una mecanización más eficiente de la producción, parecía estar generando un aumento mayor de la oferta al de la demanda.
La salida de capitales extranjeros hizo que la nación perdiera 173 millones de dólares de reservas. Hasta 1931 el gobierno entregaba el oro que demandaban los importadores para sus pagos exteriores a cambio de pesos, esto congestionaría el normal funcionamiento de la economía.
Muchos arrendatarios y pequeños propietarios fundidos por la baja de precios agrícolas se trasladaban a las ciudades en busca de oportunidades, pero las dificultades en Rosario, Córdoba y Buenos Aires no eran menores que en el campo. Los salarios en pesos bajaron y los consumos considerados prescindibles se redujeron abruptamente.
Después de la 1er Guerra Mundial, además del rotundo éxito norteamericano, hubo otra importante economía de América que mostró tasas de crecimiento del ingreso bien robustas, aún más que la del líder continental: La República Argentina.
La década del 20´fue una época de gran crecimiento, con números que alcanzaban el 4% anual. Nuestro país creció más que Estados Unidos, Canadá y Australia, tanto en términos per cápita como globales.
Hacia 1929 la producción total de Argentina había superado a la de Australia e iba camino en alcanzar a Canadá. Las Huelgas fueron menos y las diferentes reglamentaciones, como las jornadas laborales de 8 hs por ejemplo, fueron aprobadas en el Congreso.
Los Salarios Reales aumentaron mucho más de lo que correspondía una mera recuperación; Mayor Producción, Mayores Salarios; Más Inmigración. Entre 1923 y 1929 ingresaron al territorio 100 mil personas cada año.
Todo era positivo, reinaba el optimismo en todos los sectores y como no podía ser de otra manera, la mayor parte de la riqueza Argentina se generaba en el campo.
El incremento de los negocios con el exterior tuvo más que ver con las compras que con las ventas, ya que buena parte de las importaciones era simplemente la reanudación de los numerosos envíos que se habían suspendido durante la guerra.
Cada argentino expedía 78 dólares. Entre 1913 y 1929 las exportaciones argentinas habían crecido 57%, contra apenas 15% del resto del mundo. De todas formas, los precios de exportaciones e importaciones no siempre fueron de la mano.
La composición de las exportaciones argentinas retomó el camino que venía insinuándose desde antes de la guerra. Los productos agrícolas siguieron reemplazando a los ganaderos. No es que el comercio de carnes se haya estancado, sino que se aceleró una dinámica iniciada en la preguerra: La carne enfriada, de mejor calidad, terminó de desplazar a la carne congelada.
En cuanto a los cereales, el trigo, el maíz y el lino, en ese orden de importancia, explicaban casi dos tercios del valor de las ventas al exterior. El carácter fuertemente concentrado en las exportaciones, hacían que nuestro país sea un vendedor con cierto peso en los mercados internacionales, siendo Las Pampas, la mejor marca nacional, el “granero del mundo”.
El Auge de la Maquinaria Agrícola Luego de la guerra había cesado la fiebre del ferrocarril. Una mayor extensión del mismo no tenía demasiado sentido económico. El continuado avance de la agricultura se realizó en parte a expensas de la ganadería, porque el área sembrada total no podía seguir expandiéndose.
En la agricultura, la expansión fue en parte un resultado del aumento del área sembrada. Pero todo indica que también allí hubo, a los largo de los años 20´, un aumento de los rendimientos. Ya no era cuestión de esperar que la tierra diera sus frutos, había que invertir en maquinarias para mejorar los rendimientos por hectáreas.
Las importaciones de máquinas para la agricultura tuvieron un auge importante en el segundo lustro de la década. El capital de maquinaria agrícola por hombre ocupado aumentó nada menos que un 62% entre 1920-1924 y 1925-1929. En vísperas de la gran depresión, la tecnología utilizada en los campos argentinos era de punta.
Cosecha Campo de Robelio Garnero, Año 1928
Las Guerras siempre afectan a la economía a nivel mundial y traen crisis. Sumada a las malas cosechas que se dieron por aquellos años, la situación fue complicandose paulatinamente, hasta encontrar un horizonte.
Los trastornos generados por la 1er Guerra Mundial en Argentina, más la complicada situación política de los Balcanes, repercutió en el mercado mundial de capitales, lo que golpeó sobre todo a sus participantes más vulnerables, entre los que se encontraba nuestro país.
Las malas cosechas de los años 1913-1914 presentaban por sí solas un grave problema de pagos a la balanza de pagos. Las exportaciones de 1914, de alrededor de 390 millones, significaban casi el 25% más bajas que en los dos años previos.
A través de la política de préstamos del Banco Nación se intentó revertir la contracción monetaria, pero era poco lo que se podía hacer ante una coyuntura internacional tan desfavorable. Las tasas de interés aumentaron y muchos negocios quebraron.
La anemia monetaria desencadenante de la crisis, tardó bastante poco en curarse. Durante los años de guerra, Argentina acumuló enormes excedentes comerciales. En 1915, las exportaciones doblaron a las importaciones, algo que sólo se repetiría en la segunda guerra mundial.
Ante este escenario, la economía nacional se enfrentaba por primera vez, a una importante restricción de oferta, derivada de las dificultades para conseguir importaciones. Por esto, el país debió depender mucho más de sí mismo para procurarse las manufacturas y a su vez, los industriales no debían preocuparse por un tiempo por la competencia extranjera.
Por otra parte, a pesar de que el cambio de signo en la balanza migratoria hacía disminuir el número de personas dispuestas a trabajar, la desocupación aumentó hasta convertirse por primera vez, en un grave problema social.
Entre 1917 y 1919 el clima de protesta obrera alcanzó su punto álgido y ganó las calles. La mediación gubernamental no pudo evitar erupciones de violencia como el caso de la huelga ferroviaria de 1917.
A partir del final de la Guerra, sin embargo, las condiciones generales del país venían mejorando. La agitación gremial se calmó. Después de un lustro de crisis, por fin se podían alentar esperanzas de algo como una vuelta a la “normalidad” de preguerra.
Como se puede apreciar a lo largo de toda la historia argentina, los vaivenes de la economía siempre estuvieron marcados, se pasó de crisis a repuntes en demasiadas ocasiones, en las cuales siempre, el campo fue el sostén de la nación.
Los “Ochocientos días” de Pellegrini en la presidencia (1890-1892) estuvieron dominados por preocupaciones económicas y financieras. En pocos meses, la Argentina había pasado de ser la estrella del sur a un país “poco fiable”, cuya capacidad de pago era cuestionada.
La crisis no era un problema que afectara solamente a los financistas extranjeros y al gobierno, sino que se extendió al sistema bancario. Los retiros de depósitos provocaron la caída de los bancos; Provincia, Nacional e Hipotecario, además los salarios reales cayeron y aumentó la desocupación.
La caída de las importaciones estaba erosionando una de las principales fuentes de recaudación y la prima que debía pagar el gobierno por las divisas destinadas al pago de la deuda era altísima.
Se tomaron medidas políticas que surtirían efecto; El sistema de emisión de los Bancos Nacionales Garantidos fue reemplazado por una entidad única: “La Caja de Conversión”. Además se creó el Banco de la Nación Argentina, para ganar la batalla a la desconfianza en el sistema financiero nacional.
Los gobiernos argentinos de la década de 1890 se diferenciaron a los anteriores por una mayor inclinación del equilibrio fiscal. Contaron para ello con el empuje invalorable de la producción agropecuaria, que hacia 1890 comenzaba su edad de oro.
A partir de 1903 la Caja empezó a acumular oro, gracias al restablecimiento de la confianza y a la mejora en los precios de los productos exportables. Las cuentas estaban en orden y los superávits comerciales eran mucho más frecuentes que los déficits.
Las Exportaciones se triplicaron, el oro en manos de la Caja de Conversión crecía sin pausa, la inmigración se hacía más intensa, el ingreso nacional se doblaba en una década, en fin, Argentina podía encarnar su segundo siglo de vida con plena confianza en sí misma.
La abundancia de alimentos desde siempre había hecho del hambre un problema menor en nuestro país. Tanto así fue que muchos viajeros del viejo continente se sorprendían por el desperdicio de carne, un bien que en sus tierras era un lujo.
La relativa facilidad para alimentarse, fue una de las razones por las zonas más pobres de Europa fueran propensas a aportar inmigrantes. La posibilidad de movilidad social fueron frecuentemente aprovechadas y muchos inmigrantes se destacaron por la velocidad con la que lograron mejorar su posición económica; En 1914, casi un 70% de los empresarios comerciales e industriales había nacido fuera de Argentina.
El poder económico ya no estaba en las minas del Alto Perú como en la época colonial, sino en las fértiles llanuras cercanas a los puertos, allí se instalaban también casi todas las industrias, porque era más barato acceder a insumos importados y se estaba cerca de los principales centros de consumo.
Más allá del incipiente crecimiento industrial, la economía argentina seguía un patrón de crecimiento basado en producir bienes primarios e intercambiarlos en el exterior. Diferentes datos marcan que a principios del siglo XX, la suma de importaciones y exportaciones representaban alrededor de la mitad del producto bruto interno argentino.
Las exportaciones agropecuarias representaban el 95% del total de las ventas externas, desde 1880 creció sostenidamente el porcentaje de cereales y cayó el de productos pecuarios. Hacia 1914, la participación de la agricultura y la ganadería en el comercio era similar.
La caída relativa de las exportaciones ganaderas no se produjo como una reducción del valor absoluto de las mismas, es sólo que el ritmo de crecimiento de las exportaciones de origen agrícola fue mayor; De ocupar el 6to lugar como país exportador de granos en 1888, Argentina pasó al 3er puesto en 1907, siendo sólo superada por Estados Unidos y Rusia.
La relación bastante estrecha entre los ciclos económicos y la suerte de los términos de intercambios externos, resalta la importancia que el comercio exterior tenía en la economía argentina de entonces.
Comparando entre décadas, la de 1880 se caracterizó por precios de exportación en crecimiento y de importación más o menos estables, al tiempo que se producía una fuerte expansión de la economía.
En la década de 1890, la situación se revirtió: cayeron tanto los precios de los productos del campo como los bienes de importación, pero éstos en una menor proporción, mientras la economía se mantenía en secesión hasta la mitad de la década.
La política económica sostuvo, a lo largo del período 1880-1914 y aún después, ciertas líneas básicas que se mantuvieron prácticamente inalterables. Ningún Gobierno revocó el fomento a la inmigración y el capital extranjero ni revolucionó la política comercial.
El área más inestable fue la “cuestión monetaria”. Una vez consolidada la autoridad federal y alcanzada una rápida taza de crecimiento, las dificultades para establecer un patrón monetario confiable fueron por mucho tiempo insalvables.
Hasta comienzo del siglo XX, los períodos de depreciación e inflación, se alternaron con épocas de convertibilidad y estabilidad de precios, con episodios de apreciación y deflación.
La actividad económica Argentina se orientó principalmente en las exportaciones, que generaban los principales ingresos del país. Como bien se sabe, era el sitio ideal para el desarrollo y la comercialización de productos primarios como los cereales y los derivados de la ganadería.
Uno de los mayores cuestionamientos a este Modelo Agroexportador ha sido desde siempre la idea de que la concentración de la mayoría de los recursos productivos en las actividades primarias, impidió la instalación de industrias manufactureras.
Un exceso de Librecambio habría sido la causa de ese retraso, al permitir la importación de manufacturas siempre más barata que las locales; Esta crítica debe analizarse por partes.
Las manufacturas cuya producción creció más fueron las que, en uno u otro sentido, dependía del desarrollo agroexportador de la época. Sin estar ligadas, otras ramas también dependían de actividades surgidas del desarrollo agropecuario.
Talleres de reparación de ferrocarriles, obras de infraestructura que incentivaban a la producción de maderas y vidrios, imprenta, etc. Éstas eran algunas de esas ramas que comenzaban a funcionar.
Comparado con la situación de 1880, el estado de la industria próximo a la 1er Guerra Mundial era mucho más avanzado. El motor principal de esa expansión fue el gran crecimiento que tuvo el mercado interno.
La industria no sólo aprovechaba, sino que también ayudaba a consolidar un verdadero mercado nacional, en el que se imponían cada vez más las prácticas habituales del capitalismo moderno.
La Afamada Ley de Aduanas
En la discusión sobre la Ley de Aduanas en la década del 70´, tanto Carlos Pellegrini como Vicente López habían aconsejado medidas proteccionistas; Mientras López aseguraba que la riqueza de la nación estaba en la elaboración de manufacturas, Pellegrini se negaba a reducir al país a una “Mera granja de naciones manufactureras”.
Los derechos de la Aduana en Argentina protagonizaban hasta un 30,5% de las importaciones; Nivel comparable a Estados Unidos y muy superior a Francia y Alemania.
Esta situación abrió un largo de debate sobre proteccionismo y libre cambio. Se enfrentaron dos escuelas de las cuales tenían como estandarte a Pellegrini por el lado proteccionista y De La Riestra por el librecambismo. Fue aprobado el primer proyecto, el cual gravaba con un impuesto del 45% sobre su valor a una serie de artículos de importación .
Por su parte, Alfredo Palacios presente en la discusión de la Ley en 1905, pidió un cambio de orientación hacia una “Política económica liberal”. La pequeña rebaja de aranceles que proponía el gobierno no evitaría la protección a ciertas actividades y el diputado expresaba que se descuidaba la verdadera riqueza nacional; Ganadería y Agricultura.
En el avance del campo, muchos factores tuvieron influencia y muchos actores fueron los encargados de encarrilar la cuestión. En el camino hubo dificultades, pero también muchas mentes trabajadoras y con ideas claras que apuntaron al futuro.
La amenazadora presencia del ”Indio” y la ausencia de valor económico determinaron que las tierras pobladas por descendientes europeos, entrado el siglo XIX se extendieran hasta el Río Salado, en la Provincia de Buenos Aires. La “Frontera” se prolongaba hacia el Oeste a la altura del sector sur de Santa Fe y Córdoba.
Para que tal esparcimiento no se alterara, no sólo la geografía política, sino también la geografía económica tienen una causa independiente; La necesidad de una ganadería de expansión.
Las dos décadas posteriores a 1856 vieron aumentar el número de cabezas de ganado ovino en un 128%. Esto originó la caída de la demanda de carnes y cueros, lo que redujo el número de animales faenados. Así comenzó a notarse en las tierras “Antiguas” un sobrepastoreo, lo que indujo a extender la explotación ganadera a zonas “Nuevas”, hacia el Sur y el Oeste.
El hecho de que las tierras más alejadas eran menos aptas para una explotación intensiva, determinó en parte la distribución de las actividades rurales; La Ganadería predominando el Oeste y Sur de Buenos Aires y La Pampa y La Agricultura ocupando la parte del Litoral, al Norte de Buenos Aires y Santa Fe.
En el siglo XIX fueron muy frecuentes los episodios de cesión de tierras públicas a manos privadas. Cuando no se regalaban, muchas veces las tierras eran vendidas a precios ínfimos con el simple propósito de financiar desequilibrios presupuestarios.
Luego de la Campaña del Desierto hubo una masiva enajenación de propiedad estatal, cuyos beneficiarios fueron principalmente los militares que participaron en la lucha contra “Indios”; Una total violación a los más elementales principios de justicia distributiva.
La distribución de la tierra en pocas manos impidió el funcionamiento de un mercado competitivo, imponiéndose en cambio prácticas oligopólicas que mantuvieron altos los precios. Es innegable que el régimen de tenencia de la tierra redundó en una distribución del ingreso muy desigual en las zonas rurales.
El Agro en su desarrollo
Hasta 1870 la ganadería extensiva ovina, era la actividad más importante de la zona pampeana. El descubrimiento del potencial agrícola fue bastante tardío, ya que se creía que la pampa no tenía potencial.
La Agricultura asumió desde sus comienzos, un carácter netamente comercial, distinto del que tomó en algunos otros países de colonización reciente. Hacia 1814, el país exportaba más de la mitad de su producción de trigo, un 65% de maíz y un 85% de lino.
El trigo encontró la llanura pampeana un suelo particularmente fértil y un clima muy favorable. La tierra blanda y los pastos bajos que había, permitían un arado fácil, completando unas condiciones inmejorables. Sumado ello a una moneda muchas veces depreciada, que favorecía la exportación.
El costo del transporte desde el productor local hasta el consumidor europeo era más bajo que el que enfrentaba un productor norteamericano. Esta ventaja se reflejaba rara vez en una mejor situación para el agricultor, ya que en el proceso de venta al intermediario llevaba las de perder; La ausencia de calidad uniforme del producto, le daba mayor poder al mediador.
La concentración de la comercialización de trigo en unas pocas empresas llevó a prácticas poco competitivas que acababan por disminuir la rentabilidad para el productor.
Un rasgo singular de la producción rural en Argentina fue la interacción entre la ganadería y la agricultura. Una competencia especial se fue sembrando a partir de la expansión cerealera en las zonas cercanas a Buenos Aires, con lo que la agricultura fue desplazada hacia el Sur y Oeste.
Aprovechamiento de Parcelas y avance de la exportación
La posibilidad de exportar carne congelada aumentó la rentabilidad de la ganadería y dio paso a un tipo de explotación singular: La rotación en una misma parcela entre producción de cereales y engorde de ganado con alfalfa, que crecía después de tres años de cultivo.
Hasta la aparición de la cámara frigorífica las posibilidades de exportación de carne se reducían al “Tasajo” y al ganado en pie. Era en ese momento más importante, la exportación de lanas y en menor medida de cueros.
El panorama cambió radicalmente después de la década de 1870. En pocos años, se instalaron siete frigoríficos en las cercanías a los puertos de Buenos Aires, sobre todo en las zonas de Avellaneda, Zárate y Campana. En un principio la exportación de carne ovina fue más importante que la vacuna.
Al comenzar el siglo, Estados Unidos abandonó el mercado inglés de carne bovina. La Argentina tomó su lugar, sobre todo con carne “enfriada”, de más calidad. Esto se daba porque este tipo de sistema no mantenía en buenas condiciones al alimento a lugares tan lejanos como Inglaterra, Australia o Nueva Zelanda.
La Agricultura y la Ganadería eran el sustento de un modelo de crecimiento económico basado en la explotación de recursos naturales, que sólo algunas voces aisladas cuestionaban y que parecía capas de prolongarse en el tiempo.